En una expedición cordillerana el año 2008 a la Laguna Invernada, madre del río Cipreses - afluente del río Maule, río que bautiza a nuestra región - recorrí un camino sin huella, un camino invisible que me llevó sobre enormes rocas escupidas por volcanes, por laderas de tierra y piedra escabrosa, con muy poca vegetación.
Árboles podían contarse menos de una decena en las alturas, el calor de las entrañas de La Tierra los quemó y el suelo donde debían crecer sólo permitió el nacimiento y crecimiento de aquellos capaces de escabullirse entre sus avezados y rocosos captores.
El paraje volcánico era silencioso, las aves que se presentaban en ese escenario volaban alto, muy alto; las pequeñas, aquellas a las cuales les gusta anidar en árboles frondosos, se habían marchado en busca de nuevos hogares. La soledad a esas alturas de Los Andes es, indudablemente, una hermosa e inquietante compañera; sobretodo, porque los vientos y el sol no te permiten ser un turista descuidado, a esas alturas debes ser un aventurero conciente de tus limitaciones físicas y las dificultades geográficas.
Por otro lado, las ciudades son lugares más "conocidos" y "seguros" para los humanos, al menos para la mayoría. Estamos acostumbrados a vivir en el cemento, entre personas y edificios; estamos acostumbrados a ser guiados por vías, calles, caminos y pasajes con números o nombres, sin laderas, bosques, árboles o montañas "espontáneas"; estamos acostumbrados a respirar humo, a respirar los desechos de vehículos e industrias; estamos acostumbrados a aceptar aquello que nos parece mal, sólo por temor o por indiferencia.
En la ciudad la Naturaleza, en el mejor de los casos, ha sido manipulada, controlada, prisionera de diseños arquitectónicos que la someten al "paisajismo"; pero, en el peor de los casos, la Naturaleza ha sido erradicada, expulsada, de nuestras ciudades, de "nuestros hogares", de nuestras vidas.
La ciudad, por sí sola, es un lugar frío, oscuro, sin vida propia (la vida se la entregamos nosotros); en cambio, la Cordillera de Los Andes, en las alturas, a pesar de no estar poblada por el ser humano y aunque el gris la domine, es cálida, los paisajes están vivos, incluso hasta el más pequeño caminante, con su extraño ropaje (en la foto), se aprecia a la distancia.
¿Por qué nos esforzamos entonces por alejar a la Naturaleza de nuestro lado? Mientras más lejos nos encontremos de los espacios abiertos, donde abunda la vida en forma libre, mientras le demos la espalda a los bosques, a las montañas, a los riachuelos cristalinos, a las cumbres nevadas, a nuestros animales nativos, más enfermos estaremos.
Elijamos vivir en una "ciudad verde", donde podamos respirar un aire limpio y compartir el espacio con la vida. Si no puedes encontrarla, entonces transforma tu "hogar de cemento" en una "ciudad verde", en una ciudad cálida, que prefiera corazones y no más motores; que evoque la Naturaleza-Urbana de colonias de hormigas y enjambres de abejas; que permita que los árboles nativos vuelvan a su tierra; y que sus habitantes no sean espectadores indiferentes.
No te duermas, que tu voz se oiga mientras caminas por tu ciudad, por tu pueblo, y mientras eres guiado por los grises senderos en medio de la multitud, no olvides que en lo alto de la cordillera hay vecinos que transitan por caminos más agrestes que los tuyos.
Por
Romy Bernal Díaz
Presidenta
Centro Cultural Kuraf Werken